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Enrique Nieto


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  • 31
    Octubre
    2013

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    Crónica de un instante: Cine

        Seguro que al ver esta fotografía alguno de ustedes ha pensado: ‘Vaya, otra manifestación’, o, ‘qué bien, otra manifestación’, y quizás se hayan preguntado si es de la marea blanca, de la verde o de la azul, si será contra alguno de los mil recortes, o es que este personal está esperando al ministro Wert, que ha venido a inaugurar Dios sabe qué cosa y a recibir unos cuantos gritos de ¡dimisión!, ¡dimisión!, según costumbre de la casa.


        Pero, no, amigos. Miren ustedes bien la imagen. Ya sé que le falta un poco de resolución, pero es que se trata de uno de esos instantes que un periodista ve, y, con lo que tenga –en este caso un teléfono móvil – quiere dejar constancia del momento que esta viviendo. Al fondo hay unas pantallas. Sí, efectivamente, se trata del hall de un cine y toda esta gente está esperando, haciendo cola, para sacar entradas y pasar a ver una película.
     

        Pero, ¿no había crisis de espectadores? ¿No es cierto que la venta de entradas había bajado un tropecientos por cien y que la SGAE y demás se quejaban amargamente de que todo el mundo se dedica a bajarse las películas en Internet y a verlas en los ordenadores, con la ruina que eso trae a la industria? Que a le gente ya no le gusta ir al cine, vamos.
     

        Nada más lejos de esa idea. La verdad, la realidad concreta, es que muchos de nosotros amamos el cine, pero también lo es que el personal tiene pocas perras o ninguna. Ir al cine y gastarte entre 7 y 9 euros hace desistir al más pintado de entrar a una sala por más que le atraiga la película, el director, los actores o la trama. Así que, cuando hace unos días a alguien se le ocurrió bajar los precios de las entradas a menos de tres euros, jóvenes y maduros se lanzaron a ver sus películas, las que querían sentir en una sala a oscuras, comiendo o no comiendo palomitas, pero experimentando esa magnífica sensación del séptimo arte en la gran pantalla, con buen sonido, que ahora tanto echan de menos por no disponer de las perras suficientes para pagar las entradas.


        La última película que fui ver al cine fue Gravity, una maravilla técnica que jamás será lo mismo en un ordenador y sin 3D. Me costó casi 9 euros, y estábamos seis o siete personas en el cine. A ver si esta fotografía, casi tumultuosa, les hace pensar algo a los que gestionan las salas, a los distribuidores, a la industria, en fin.
     

     

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