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Enrique Nieto


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  • 17
    Febrero
    2016

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    SOCIEDAD Murcia

    Apuntes del Natural: Zona Vip

    Zona Vip. En el que es probablemente el bar más pequeño de Murcia – el ‘salón’ mide unos seis metros cuadrados de superficie; 2 x 3 – hay ocho personas a la hora del almuerzo, lo que provoca varias filas delante del mostrador. En la puerta aparecen dos hombres, que dudan si entrar o no ante esta aglomeración. El dueño, desde detrás del mostrador, les dice: ‘Pasad, pasad, que la zona vip está vacía’, y les señala un rincón cerca de la puerta del aseo.

    Buena cocina. Esta semana, para un programa que hacemos en Onda Regional, los jueves por la tarde, sobre los menús diarios de algunos restaurantes, fuimos a comer a La Casa de la Tía Roja, en El Esparragal. Probamos varios guisos: de trigo con manitas de cerdo, olla gitana y arroz meloso con cordero. Cada uno de ellos espectacular, tradicional pero con un toque especial – por ejemplo: el arroz tenía un punto de picante – y servidos sin mucho caldo, como si fueran una especie de salsa. Se come muy bien allí con el menú del día.

    A diario. Hoy es el Día de los Enamorados. No es que critique que haya un día dedicado a esto o a lo otro, pero estas cosas deberían estar presentes todo el año, demostradas cada mañana, cada tarde, cada noche.

    Katia. Todavía me acuerdo de cuando unos grandes almacenes se inventaron esto de El día de los Enamorados. Tuvo mucho éxito y, enseguida, aquella idea para vender regalos se convirtió en tradición. Hasta hicieron una película y todo, donde cantaban una canción que se hizo muy popular: ‘San Valentín, yo no te olvido, porque en tu día el amor he conseguidoooo.’ Por cierto, en la peli, actuaba una mujer guapísima, Katia Loritz, que, en la entrega de los premios Goya, a la hora de las fotos de los que han fallecido este año, pusieron su nombre, y sentí pena. Tenía unos ojos verdes preciosos. Sí, es verdad, me gustaba mucho. Bueno es que yo tenía entonces veinte años.

    Que no. Un hombre joven habla por el móvil en la calle: ‘¡A esas zorras no les doy yo trescientos euros ni de coña!’ dice muy enfadado.

    Imposible enterarse de lo importante. Al escuchar lo anterior, trato de todas las formas posibles de seguir escuchando la conversación, de enterarme de quiénes son las zorras y por qué hay que darles 300 euros, pero no lo consigo, y corro el peligro de que me den un guantazo por meterme en lo que no me llaman. Así que, con gran  frustración, tengo que dejar a este hombre seguir su camino. Maldita sea.

    Idea para esto. Un lector habitual de esta página me dice: ‘Leí lo que escribiste el domingo de cuando conociste a Rajoy, y me hizo gracia. Entonces yo le hablo de otros encuentros con personajes importantes que he tenido a lo largo de los años y lo pasamos bien charlando. Entonces él me dice: ‘Oye, ¿por qué no cuentas cada domingo uno de esos encuentros? Sería divertido’. Así que me lo he pensado y quizás lo haga, aunque es posible que, en su momento, cuando ocurrieron, ya los contara aquí.

    Buen consejo. Vino a Cartagena el rey Juan Carlos. Hubo una recepción y un político importante que estaba con él me llamó y me dijo que me acercara. Lo hice. Mientras andaba hacia el grupo, me salió un tío con un auricular en la oreja que me dijo: ‘No se dirija usted a S.M., no le pregunte nada, solo responsa a lo que él le diga’. Llegué y me presentaron. Me habló de cosas de aquí, de aquel momento –fue a finales de ochenta – y yo le respondí como pude. Entonces se acercó un camarero con una bandeja que llevaba varias cosas de aperitivo. ‘¿Qué me tomo?’, preguntó el Rey. Yo le dije: ‘Majestad, esos se llaman ‘exploradores’ y son una mezcla de dulce y salado que está muy rica. Él tomo uno, lo mordió y dijo: ‘¡Coño! ¡Sí que está bueno!’

    Una vergüenza. Qué barbaridad lo de Rita Barberá. Cómo se le ocurre a Rajoy meterla en la Permanente del Congreso para que, si se disuelven las Cortes, continúe aforada. No decía que ‘ya’ no se iba a pasar ninguna en ese partido. No comprende que así todos pensamos que lo hace para que ella no largue algo de lo mucho que debe saber. Qué desastre.

    ¿A que sí? Una mujer, riéndose con picardía, a otras dos, en una cafetería. ‘¿A que me tomo otro martini?’

     

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