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Enrique Nieto


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  • 08
    Octubre
    2012

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    Apuntes del Natural: Se rompió el encanto

    Se rompió el encanto. Por la calle va una pareja joven. Andan haciéndose arrumacos, riendo y jugueteando entre ellos: que si te cojo por aquí, que si te aprieto por allá. En el juego, él adelanta la mano bruscamente hacia la cara de ella, y hace como que la agarra del pelo. La chica da un respingo, lo empuja y lo aparta y dice: ‘¡Quita, coño, que me has metido un dedo en un ojo!’

    Término antiguo. Estoy en una panadería, entra una mujer mayor y dice: ‘nena, dame un chusco que esté calentico’. (Hacía siglos que no oía la palabra ‘chusco’)

    Acontecimiento. Mientras esto escribo veo la lluvia caer tras los cristales de mi ventana. ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que nuestra tierra se empapó de agua? Muchos meses, y todo parece distinto: los verdes de las plantas son más intensos, los suelos brillan y el aire huele a limpio. Aquí la lluvia es un lujo al que no podemos acceder casi nunca. ¿Estará en crisis?

    Tragedia. Se me ha fastidiado la huerta. Ayer me levanté por la mañana y me encontré que los caracoles se habían comido la mitad de las plantas. De las espinacas no han dejado absolutamente nada. Y ahora tengo que comprar veneno para ponérselo y resulta que me dan lástima los bichos. Menudo problema.

    Todavía más. De la operación voy bien, pero parece que queda por ahí algún cabo suelto y me van a tener que fastidiar un poco más.

    Seguridad. El personal se va cabreando por colectivos: puestos en el disparadero los docentes y los estudiantes, los funcionarios en general, los mineros, etc., ahora les ha tocado a los jueces. Y el gobierno central haciendo lo que ‘tiene que hacer’, sin una duda en sus determinados cerebros. Me asombra su seguridad en ‘estar haciendo lo que hay que hacer’ mientras la gente anda tan absolutamente cabreada.

    Solución. Una mujer a otra, charlando en la calle. ‘Y entonces me dijo que quería una mochila nueva, así que la metí en la lavadora, y, oye, con ella que va tan ricamente, que me costó más de veinte euros porque es de las caras’.

    Nos hacen ver lo que quieren. Esta semana he comprobado hasta qué punto se nos puede manipular con unas imágenes televisivas. Si veías lo de la manifestación del 25S en una tele parecía que solo los guardias le habían pegado a la gente, y si lo veías en otra eran los manifestantes los que habían masacrado a los policías. Juntándolo todo te podías hacer una idea de que había habido palos por todas partes, pero, en el caso de los manifestantes, aplicados por unos grupos descontrolados a los que otros a su lado trataban de parar. En cualquier caso, daba grima ver cosas así en este país nuestro.

    Soliloquio. Un hombre leyendo en este periódico las últimas noticias referidas a la Economía, prima de riesgo, bolsa, etc., aunque está sentado solo en la barra de una cafetería tomando un café y media de aceite, dice en voz alta: ‘mala cama tiene el perro’.

    Pasado de rosca. Hacía tiempo que no salía a cenar con unos amigos – ahora, como tantos otros, si salimos, vamos a tomar una cerveza con algo – y fuimos a un italiano. Pedí lasaña, y me sentó como un tiro. Ya no aguanto las cenorras. Otra más de la edad.

    Coquetería. Un hombre de unos cincuenta años va por la calle. Pasa por delante de un escaparate que tiene espejo. Se para, se mira disimuladamente, se pone de perfil y se mira otra vez. Se arregla la camisa por detrás, se da un toque de dedos en el pelo y sigue su camino tan feliz.

    Es una posibilidad. Una mujer a su marido por la calle: ‘Tú llámala, no vaya a ser que se haya muerto’.

     

     

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