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Enrique Nieto


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  • 14
    Enero
    2013

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    Apuntes del natural. Pintura, mandarinas y Aznar

    Miedo. Les voy a ser sincero. Siempre que uno escribe para un periódico siente algo así como la responsabilidad de que va a ser leído por muchas personas y que cada uno tiene su ideología y su cosa, y que Dios sabe qué pensara cada cual cuando se enfrenta a lo que tú escribes. Pero, a mí, con estos apuntes me ocurre que esa sensación se agranda tremendamente. El otro día estuve con diez personas que no conocía y varios me dijeron que leen habitualmente esto los domingos. Ahora que voy a comenzar a escribirlos, y a pesar de que llevo ya un montón de años haciéndolo, me da una especie de cosa interior al pensar en que ustedes, unos en Mazarrón, otros en Caravaca, otros en Cartagena, etc., estarán el domingo por la mañana buscando aquí algo que no sé si seré capaz proporcionar. Me entra cánguilis, oiga.

    Juego de palabras. Un hombre a otro, en un bar: (Es que la gente es ingeniosa) ‘Mi hijo tiene ya dos carreras’. El segundo responde: ‘Pues así podrá correr mejor cuando tenga que irse a Alemania’.

    El vicio y la pobreza. Por la calle va un hombre vestido correctamente. De pronto se para, mira a su alrededor, se agacha, coge la colilla de un cigarrillo que hay en el suelo y sigue andando. (Era una buena colilla, casi medio pitillo).

    Preguntando. El martes tuve dos visitas guiadas a mi exposición con niños del colegio ‘Los Álamos’, de Murcia. Eran unos cuarenta niños y niñas por grupo, perfectamente atendidos por sus maestros. En un momento del recorrido les dije que si querían preguntarme algo, y resultó que los cuarenta sacaron del bolsillo un papelito con la pregunta que habían preparado. Fue una entrevista a fondo, la más a fondo que me han hecho nunca, aunque, al final, es que ya no sabía qué responder a tanta cuestión. Me lo pasé genial.

    Bien. Daba gloria ver esos grupos de niños y niñas: multiculturales, multirraciales, con niños de integración que sufren algún tipo de minusvalía. Un reflejo puro de la sociedad en la que vivimos, todos integrados, todos formándose y creciendo juntos. Bendita enseñanza pública, cuando, como en este caso, funciona como debe funcionar.

    Lo detectó. Una niña me pregunta: ‘Cuando pintó usted este cuadro, ¿estaba triste?’ Miro la pintura, y, la verdad, muy alegre no es.

    Plan cumplido. Vino Aznar a Murcia, vendió su libro, y se fue.

    Mal trago. Me pregunto qué cara se le pondría a Rajoy cuando leyera en ese libro que fue el ‘heredero’ de Aznar porque Rodrigo Rato dijo que no él quería serlo y que ahora sabemos eso todos los españoles. O sea, que es plato de segunda mesa. Pobre hombre.

    Tienen que ser murcianas. Este fin de semana lo estoy pasando en un pueblo de Valencia con unos amigos nacidos nuestra Región que ahora viven allí. El viernes, me llamaron y me dijeron que si podía comprar unos kilos de mandarinas de aquí para llevárselos. ‘Pero, demonios, ¿cómo es que queréis que os lleve mandarinas? ¡Si estáis en la tierra de los cítricos!’, les dije asombrado. ‘Es que las de aquí no se pelan con los dedos, y no son mandarinas, son otra cosa que se llama clementinas. Y a nosotros nos gustan las mandarinas’, me respondieron.

    No era el momento. Una mujer joven y guapa a otras dos, charlando tranquilamente, en la calle: ‘Pues salía de pilates cuando lo vi, pero, como no me había duchado, iba con el chándal y sin pintar, no lo saludé. Ya habrá otra ocasión’.

    Enfadado. Un amigo me dice: ‘Qué Navidad tan rara, ¿verdad? Materialmente nadie habla de compras, de felicidad, de celebraciones  y, si lo hacen, hablan más en negativo que en positivo, aludiendo a la crisis, a que no puede hacer esto o lo otro, a que le gustaría algo pero tienen que aceptar que no pueden llevarlo a cabo, a que este familiar no puede venir este año porque no puede costearse el viaje, etc. etc. Nos han cambiado. No sé si conseguiremos alguna vez volver a ser los mismos. La madre que los parió’.

    Se lo merendaba. Un chico muy joven hablando por el móvil, con una sonrisa de oreja a oreja y la voz emocionada: ‘¡Me comía, tío, me comía entero la tía…!’.

     

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