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Enrique Nieto


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  • 17
    Octubre
    2014

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    Apuntes del Natural: Cambio de domicilio

    Cambio de domicilio. Hoy no escribo esto en la puerta de mi casa de Los Urrutias, sino en el estudio, enfrente de un escritorio. Es verdad que estoy más cómodo, que no tengo que darle vueltas en el aire al ordenador para ver si encuentra algo de señal y me puedo conectar a Internet, pero también es cierto que nadie pasará por aquí para interrumpirme en el trabajo y preguntar cómo va mi rodilla, o me comentará algo de lo escrito unos días antes, o me dirá: ‘ponga usted lo de las medusas, que esto es un escándalo’. Eso era agradable.

    Cambio de indumentaria. Lo peor de la vuelta a la ciudad ha sido tener que ponerme un pantalón largo. He sacado la cuenta de las veces que he hecho eso en los dos últimos meses: exactamente en cinco ocasiones me he enfundado las piernas hasta abajo. Y me noto raro, aquí, hasta con calcetines y zapatos.

    Tiene ventajas. Una mujer a otra en la calle: ’43 euros me ha costado la faldica del uniforme de la nena. Eso sí, se la he comprado una talla más grande de la que necesita, para que le sirva el año que viene. Ya ves tú, una cosa que no debería valer más de siete u ocho euros’. La otra le responde: ‘Bueno, es verdad que es muy caro, pero piensa en lo que te ahorras en ropa, y en el follón que te daría la nena cada día con lo de ‘hoy quiero ponerme la camiseta azul y el vaquero verde’. Con el uniforme no hay discusión’.

    Mejor. Me he pesado. Estoy contento. Solo he ganado dos kilos en el verano. Eso es fácil de quitar. El año pasado fueron cuatro los que me traje encima, sobre todo, en la cintura.

    Satisfacción. Me encuentro con un empresario amigo, en la calle. Hablamos de José María Albarracín, su presidente, al que no conozco personalmente. ‘Estamos muy contentos con él. Le ha dado un aire nuevo al cargo, tiene iniciativa y está muy en su sitio, lejos de política, haciendo lo que cree mejor para nosotros y para la Región, sin importarle si al poder le sienta mejor o peor lo que hace o dice. Ya era hora que tuviéramos uno así’, me dice.

    Sin cortapisas. Estoy en un sitio esperando a alguien, en la calle. Frente a mí, en un banco de un jardín, una pareja de adolescentes se besa, se abraza, se acaricia, se mete mano por todas partes, ella se sienta encima de él, él se tumba boca abajo en el banco y ella saca de su bolso un frasco de crema de manos y le da un masaje por la espalda que le llega hasta el culo por debajo de la ropa. Me siento violento porque no quiero mirar, pero aquello es tan llamativo que, de vez en cuando se me va el ojo. La gente pasa y también mira de soslayo. Por un lado, admiro su libertad para manifestarse así, en la calle, a las doce de la mañana; por el otro, veo que no tienen más de dieciséis años y que aquello parece una película porno.

    Reconocimiento. No sé si los habitantes de la Región de Murcia hemos aplaudido lo bastante el hecho de que la nadadora Mireia Belmonte haya ganado un montón de medallas y pertenezca a la UCAM, que es una institución de aquí. Para una vez que en, lo deportivo, alguien está en la primera fila mundial, creo mucha gente no se ha dado cuenta de lo que ese tremendo triunfo significa para estas tierras nuestras, tan resecas de premios.

    Entonándose. En la barra de un bar, a las diez de la mañana, está un hombre de no muy buen aspecto. Entra una mujer, imagino que su pareja, muy delgada, grandes ojeras, boca con poco dientes. ‘¿Qué quieres tomar?’, le pregunta él. ‘Pídeme un asiático de Bailey, que estoy todavía en ayunas’, dice ella.

    Sugerencia. Si ven ustedes alguna escena o circunstancia que crean que puede salir en esta página, envíenmela al correo electrónico que aparece ahí arriba. Y también les pido que, si hacen alguna foto que crean que tiene un comentario, me la manden para lo que hago los martes en la última página. Algunos lectores lo hacen y, si encuentro la manera de comentarla, siempre se publica. Gracias por adelantado.

    No lo sabe, el pobre. Un hombre hablando por el móvil, en la calle: ‘Sí, ya he comprado el conejo’. ‘………….’ ‘¿Tierno? ¡Y yo qué coño sé si es tierno!’

     

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