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Diego Jiménez García

-Columnista de La Opinión de Murcia. Profesor de Historia jubilado. Interesado en temas sociales. Aficionado al senderismo y al contacto con la Naturaleza.

Sobre este blog de Sociedad

Blog de temática social y ciudadana.


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  • 27
    Octubre
    2015

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    SOCIEDAD Murcia

    Palomares por Morón


    Acababa de cumplir trece años unos días antes y me encontraba cursando tercero de aquel bachillerato franquista en el instituto Isaac Peral de Cartagena en la fatídica fecha del 17 de enero de 1966, día en que chocaron en vuelo en la zona de Palomares dos aviones norteamericanos, un B52 cargado de bombas H y un KC135 nodriza, mientras el primero repostaba. La censura de prensa del momento y la manipulación mediática que se daba sobre todos los temas de las relaciones bilaterales España–EE UU condujeron a que nada supiéramos entonces sobre la extrema gravedad de ese incidente, que se saldó con la muerte de siete de los tripulantes de aquellos dos aparatos.

    A punto de cumplirse cincuenta años, sabemos que ese accidente nuclear podría haber sido de mayor envergadura si las bombas H hubieran estado cargadas (el potencial explosivo de aquellos artefactos era muy superior al de la bomba de Hiroshima). Como es sabido, tres bombas cayeron a tierra, mientras que una cuarta lo hizo en el mar. Un pescador tarraconense afincado en Águilas, Francisco Orts Simó, la localizó 81 días después. Desde entonces, sería conocido como ´Paco el de la Bomba'. Uno de los héroes de aquel lamentable suceso. Otro ´héroe´ fue el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, que, en compañía del embajador norteamericano, se dio un baño (real, pese a la temperatura del agua) y de multitudes (pues la TVE en blanco y negro del momento nos inmortalizó esa ´gesta´) en las aguas de Palomares, según se nos dijo. Hoy sabemos que no fue así. Pero el franquismo era un régimen proclive a que se obraran esos ´milagros´.

    Han pasado casi cincuenta años y ya no llegan a nuestras escuelas aquellas latas con leche en polvo, mantequilla y queso cremoso y amarillo que alegraban nuestros estómagos vacíos en los tristes días invernales de aquella España también en blanco y negro. ´Generosa´ contribución yanqui llamada a mitigar tanto nuestra menguada como monótona dieta alimenticia (¿recuerdan aquel «Yo sí, yo sí como patatas»?). Por lo demás, poco ha cambiado. Desde los acuerdos militares y comerciales de Franco con EE UU de 23 de septiembre de 1953, la historia de las relaciones bilaterales ha mantenido la constante de nuestra subordinación al Imperio, hasta el extremo que muchas veces más pareciera que somos el 51 Estado de la Unión que un país libre y soberano.

    Hace unos días, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, firmaron en Madrid una declaración de intenciones por la que se comprometen a alcanzar «tan pronto como sea posible» un acuerdo para rehabilitar la zona de Palomares, con el compromiso del traslado de esas tierras contaminadas a un emplazamiento adecuado en los EE UU (se habla del desierto de Nevada). Por LA OPINIÓN, sabemos que dicha actuación implica la futura construcción de una carretera para traer esos residuos contaminantes al puerto de Cartagena. La opacidad con que se llevan estos asuntos no nos permite saber en qué condiciones. Se sabe que, entre esos residuos, hay restos de americio, material altamente radiactivo y de larguísima vida útil.

    La ´generosa´ oferta norteamericana, tras varios intentos por parte de España de proceder a la descontaminación de esa zona, tiene, sin embargo, una contrapartida. Aunque todo lo relacionado con las relaciones bilaterales en asuntos militares no es un tema que precisamente ocupe las portadas de la prensa, se ha conocido que, tras la vía libre del Congreso de los Diputados el pasado mes de julio (con los votos en contra de Izquierda Plural, Amaiur y Geroa Bai), España autoriza a EE UU al despliegue de hasta 3.000 marines en la base de Morón de la Frontera (hasta ahora había 850), que pasará a ser la sede permanente de la fuerza del Mando de EE UU para África. Si a ello le sumamos la conversión de Rota en base también permanente para el despliegue de un escudo antimisiles y la presencia de la OTAN en la base británica de Gibraltar, podemos constatar que el sur de España, convertido en una región de alto interés geoestratégico para las veleidades militaristas foráneas, no es precisamente un área que quedaría al margen, sino todo lo contrario, de futuras agresiones dirigidas hacia nuestro territorio.

     

    La presión de la sociedad civil andaluza, perseverante pero casi testimonial (en Rota vienen celebrándose, anualmente, varias marchas de protesta, todo un símbolo vivo del antimilitarismo), el desconocimiento social de los peligros que nos acechan por el incremento de la presencia militar en nuestro suelo y, por qué no decirlo, el tupido velo de silencio -también mediático- que se alza sobre todo lo que tiene que ver con lo militar y, por ende, con las relaciones bilaterales con EE UU han contribuido a que se vea como una conquista de nuestra diplomacia (la descontaminación del suelo de Palomares) lo que no es sino una muestra más de nuestra subordinación a la potencia yanqui. Antes fueron leche en polvo, mantequilla y queso, a cambio de las bases; hoy, Palomares por Morón.

     



     

     

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