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Blog Desde mi Atalaya - Jesús Norberto Galindo Sánchez

Jesús Norberto Galindo Sánchez

Miembro de honor de la Asociación de Directivos de Empresas Turísticas de España, durante una parte de su vida profesional ha estado vinculado a la gestión y asistencia técnica de organizaciones y actividades turísticas, tanto en la empresa privada como en el sector público. Corresponsal de prensa d...

Sobre este blog de Murcia

La temática de aquellos artículos, reflexiones o ensayos que se van a difundir en este blog están referidos a acontecimientos puntuales relacionados con la actualidad de tipo social, político o profesional y no pretenden guardar ningún tipo de hilo conductor ni temático, en concreto, entre ellos, má...


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  • 27
    Octubre
    2016

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    Murcia

    A vueltas con la intransigencia

    Me voy a arriesgar a escribir hoy sobre un tema, como es la intransigencia, con la esperanza de no caer en sus redes y pecar de lo mismo que pretendo criticar. Y lo voy a hacer porque, desde hace un tiempo, estoy observando que una cierta tensión no exenta de intolerancia está impregnando algunas capas de nuestra sociedad, aprovechando algunos episodios relacionados con la situación política que tan fácilmente se prestan para este tipo de manifestaciones.

    La intransigencia, según la define el diccionario de la RAE, es “la actitud de la persona que no acepta los comportamientos, opiniones o ideas distintas de las propias o no transige con ellos”. Y se puede manifestar de muchas formas y en muchas circunstancias y ocasiones.A vueltas con la intransigencia

    Por ejemplo Intransigencia es reventar violentamente conferencias y actos donde los ciudadanos vayan a expresar libremente sus opiniones y donde la libertad de expresión está por encima de cualquier otra libertad que coarte la misma. Los intransigentes olvidan que su libertad acaba donde empieza la de otro ciudadano que opine de manera distinta. Por eso es importante recordar que ellos tienen las mismas opciones de manifestar sus opiniones, así como de asistir a los actos que no aprueben y, de manera cívica, manifestar con la palabra y con la oratoria, lo que deseen y estimen conveniente. Al igual que pueden montar sus propios actos y exteriorizar lo que quieran, discrepando de quienes no estén de  acuerdo, como –de hecho- ya lo están haciendo.  Lo que no es de recibo, y entra dentro de lo que se califica como intransigencia, es la utilización de  medios violentos para impedir cualquier tipo de manifestación contraria a sus pensamientos, cuando este tipo de actitudes son más propias de los fascistas a los que ellos aluden de forma sintonizada, sin darse cuenta que fascismo es precisamente lo que, con este tipo de actos, estos ciudadanos están ejerciendo.

    Intransigencia también es desobedecer, de manera habitual y sucesiva, los mandatos y resoluciones del Tribunal Constitucional, cuando este tipo de disposiciones no nos son favorables y contradicen determinados acuerdos que un determinado órgano de la administración ha tomado. Por más que estos acuerdos hayan sido tomados por un Parlamento que ha sido elegido en votación popular.  Pero algunos no admiten que ese Parlamento también está sujeto a los dictámenes de la justicia ¿o es que se nos ha olvidado que estamos en un estado de derecho que reconoce la separación de poderes?. Si la Ley que nos hemos dado no nos gusta pues, cambiémosla; que para eso hay procedimientos, y esos procedimientos tienen unos condicionamientos y unas mayorías que posibilitan todos los cambios. ¿O es que no nos acordamos de la transición y de la Ley para la Reforma Política?. Sí, esa Ley que permitió hacerse el harakiri a las Cortes franquistas y donde Torcuato Fernández Miranda popularizó aquella memorable frase que decía: “De la Ley a la Ley, a través de la Ley”, y que permitió, no solo el cambio de determinadas Leyes, sino desmontar todo un régimen.

    Pues bien, esas Leyes existen ahora también para poder cambiar lo que haya que cambiar.  Otra cosa es que no les guste a determinados ciudadanos y quieran imponer sus criterios por las bravas saltándose toda normativa como si estuviéramos en el “salvaje oeste americano”.  Eso sí, sin pistolas, pero con la algarabía de la calle que tan bien manejan, sobre todo cuando se ofrece un discurso populista y demagogo que, por desgracia, todavía cala en algunas capas de nuestra sociedad.

    De intransigentes se podrían considerar a aquellos que se manifestaron delante de la sede del PSOE, en Madrid, en el transcurso de una reunión de su Comité Federal. Pero no a todos, evidentemente; tan solo merecerían ese calificativo los que utilizaron la fuerza y aquellos otros que increpaban utilizando insultos y con un comportamiento incívico, soez y desproporcionado, dirigido en algunos casos hacia personas que (como Felipe González) lucharon –en algunos momentos arriesgando su propia integridad física-  por conseguir que España fuera una democracia, donde todos (incluidos estos cafres) tuviéramos la oportunidad de manifestar lo que pensamos sin cortapisa alguna y con la libertad que antaño no tuvimos. ¡Dios mío, qué paradoja!.

    Intransigentes son estos otros que vemos a diario, a través de los medios de comunicación, congregarse a las puertas de los juzgados o de las comisarías de policía cuando hay algún tipo de actuación policial o judicial, mediática (sea de índole político o no).  Esas personas que gritan y vociferan contra algunos de los que han acudido, bien como investigados o imputados y que estoy seguro –en la mayoría de los casos- ni les conocen personalmente, pero que se explayan con todo tipo de improperios dignos de una mala educación, ¿quiénes son?, ¿a quién representan?. Todo más bien parece estar orquestado previamente. En este caso, además, se están cargando directamente un derecho fundamental derivado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: me refiero a la presunción de inocencia. Sí efectivamente, la presunción de inocencia a la que todos tenemos derecho y que dice que “a todo ciudadano, hasta que no haya sido juzgado y condenado, se le debe considerar inocente”. Y aquí cabría apuntar aquello de “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

    Intransigencia es, por otra parte, la que muestran aquellos ciudadanos asistentes a manifestaciones callejeras que amparándose en el anonimato que les brinda la multitud, y en algunos casos tras un pasamontañas, se aprovechan de la buena voluntad de la inmensa mayoría de esos manifestantes para cometer las peores tropelías, destrozos y la barbarie más repugnante, en aras de esa libertad que ellos nunca permitirían si en algún momento (no lo quiera Dios) pudieran gobernar.

    Como de intransigentes se pueden calificar así mismo a aquellos que (como ha ocurrido recientemente en el pequeño pueblo navarro de Alsasua) vierten su odio y animadversión, con actitudes cobardes y violentas, contra aquellos otros que actúan como garantes de nuestra seguridad, y solo por el mero hecho de pertenecer a un Cuerpo al que estos desalmados le niegan la más mínima convivencia. Un síntoma, por cierto, muy característico del rechazo social y la discriminación, que tan cerca están del racismo.

    O de aquellos otros que utilizan el Parlamento para boicotear su labor de entendimiento, y se manifiestan con actos más o menos virulentos, pero siempre utilizando el alboroto y la algarabía, que les dé la significación mediática que ellos necesitan para hacerse más visibles a los ojos de una sociedad a la que pretenden asaltar.

    La intransigencia es el fruto de la ausencia de una virtud que se llama tolerancia y, como decía un filósofo, es una cualidad que no cambia de un día para otro, ni tampoco se agota. Es algo que se tiene o no se tiene. Si fuera posible poder identificarla en el conjunto de características que adornan la personalidad de un ciudadano, no estaría de más exigir como imperativo legal que esta virtud estuviera presente en todos aquellos políticos que optaran a ejercer cualquier tipo de gestión para con la ciudadanía. Seguro que nos iría mucho mejor.

    Mientras tanto podríamos procurar poner, todos, nuestro granito de arena y, desde el lugar en el que la sociedad nos haya colocado, deberíamos impedir el lanzamiento de soflamas y avivar el fuego eterno de la intolerancia, evitando mensajes como el que recientemente le hemos escuchado al líder de Podemos, donde animaba a sus simpatizantes a “construir un partido más radical, netamente enfrentado al sistema y muy beligerante…, para lo que tenemos que fortalecer nuestro papel en los conflictos sociales…”.

    Esto parece ser que es lo que Pablo Iglesias demanda a sus simpatizantes, tratando de convertir la sociedad española en una jaula de grillos donde lo que no se pueda conseguir con el razonamiento, el dialogo y las buenas formas se consiga con el enfrentamiento, la radicalidad y las revueltas callejeras.

    Y yo me pregunto ¿es eso lo que realmente quiere la sociedad española?. Por lo que se deriva del resultado de las últimas elecciones generales donde esta formación perdió más de un millón de votos, parece que no; pero de todas formas… en las próximas elecciones lo podremos comprobar.

     Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

     

     

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