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M. Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

Sobre este blog de Murcia

Una cuenta atrás hacia las elecciones más importantes (y previsibles) de la democracia reciente.


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  • 07
    Noviembre
    2012

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    Y el Oscar vuelve a... Obama

    Obama es el único actor que nos obligó a seguir un recuento electoral con la expectación de una noche de Oscars. La consecución de una nueva estatuilla no reproduce jamás la emoción de la primera conquista, pero el segundo presidente negro de Estados Unidos –el primero fue Bill Clinton– tenía que ganar porque también hubiera sido el protagonista absoluto en caso de fracaso. El papel que interpretaba se debatía entre la victoria de Patton y la derrota de Custer, ¿o era Carter?

    El periodismo es una profesión reversible. Obama fue el presidente de la ilusión y repite el resultado desde la desilusión. Romney –presten atención porque será su única mención en este artículo– era la respuesta equivocada a una pregunta correcta, ¿por qué ha decepcionado con tanta fuerza el presidente que encandiló a un planeta descreído? Para liberarse de la responsabilidad entera del desengaño, Obama reivindica en su aceptación un triunfo interactivo, “me habéis hecho un mejor presidente”. Con permiso, el mejor balance de su primer mandato se lo propinó Velma Hart, la entusiasta votante que hace dos años le gritó que “estoy harta de defenderte”.

    Las propiedades curativas de la victoria no ocultan la oxidación del segundo Oscar al mejor actor, una vez superada la barrera doblemente erótica de los 269 votos electorales. Se insiste erróneamente en la campaña más igualada de la historia, cuando el 2000 se decidió por un solo voto, entre los nueve jueces del Tribunal Supremo. La ambivalencia del triunfo fue elevada a la categoría de titular de portada por el New York Times. Con su desmesurada tipografía, “La noche de Obama” exalta la oscuridad que ha ensombrecido la aureola del reelegido. De nuevo la reversibilidad del periodismo, porque “La noche de Obama” hubiera titulado a la perfección una derrota.

    Vox populi, vox Dei, un recordatorio pertinente para el?Obama que llegó a creerse el “ventrílocuo de Dios” –Nietzsche sobre Wágner–. El presidente repetido ha gritado extrañamente en su primer discurso tras conocerse el resultado, una pérdida de control impropia de quien supo empaquetar la contención como carisma. No las tenía todas consigo. Durante la accidentada campaña, ha contraído una abultada deuda con los Clinton, más difícil de saldar que un compromiso similar con JP Morgan. En el terreno de los indicios que explosionan en el recuento electoral, ¿cuántas personas de color figuraban en la asistencia multitudinaria a los actos del candidato Republicano? Obama no esgrime la raza como una bandera, sino como un distintivo cromático. Además es rico, aunque lo utilice como coartada para pagar más impuestos.

    Así baja el telón del mayor espectáculo que vieron los siglos, siempre que se descuente la proclamación esta misma semana de la cúpula de la China Popular. Si su deudor estadounidense –el país glorioso descrito por Obama en su aceptación vive de prestado– votaba con la atención concentrada en el paro y la política fiscal, no se entiende que las búsquedas en Google de “Paul Ryan descamisado” multiplicaran por nueve las indagaciones de “Paul Ryan presupuesto”. Apuntamos al ultraderechista número dos del tiquet Republicano para predecir una radicalización del conservadurismo norteamericano y para relativizar los sondeos. Obama mató a Osama, ese balazo le garantizaba la reelección. El propio presidente se remite en la primera intervención postelectoral a los doscientos años de historia de un país definido por las leyes del western.

    Obama cierra su primer discurso como presidente reelecto con una anécdota que incluye “lágrimas en los ojos de todos los presentes”. La lacrimogenia no funciona como cuatro años atrás, porque no está escribiendo un papel, lo está leyendo. Segundos después de su discurso de aceptación, Obama ya había retomado la distancia astral con las diez mil personas que le aclamaban. Es el hombre que sabe estar más lejos de más personas durante más tiempo. Le votan porque le buscan, hay estrategias peores.

     

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