• Cine

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    07
    Febrero
    2016
    Más allá del ego, Alejandro G. Iñárritu, ha conseguido lo que parecía imposible. Combinarlo con la honestidad y la prepotencia sin que el re...
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    31
    Enero
    2016
     Contar una historia. Qué aventura. El día a día de un periodistaestá repleto de sentimientos encontrados entre la frustración, los peq...
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    Enero
    2016
         Más que un estreno, un acontecimiento. Más que curiosidad, obligación. Más que interés, expectación. M&...
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    10
    Enero
    2016
     Busques lo que busques en una película de David O. Russell, lo que nunca encontrarás será un término medio. La escala de grises no entra en s...
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    18
    Diciembre
    2015
    Nos encanta exagerar. A todos. Es más, cuando no tenemos los argumentos suficientes para convertir todo en una locura, potenciamos nuestros esfuerzos. Porque, seamos ho...
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    29
    Noviembre
    2015
    Tengo la sensación de que el término 'película menor' necesita una revisión urgente. Nos hemos acostumbrado, todos, a usarlo como recurso fácil para sentenciar obras que no alcanzan la excelencia esperada, que no colman los niveles de calidad que esperamos de ellas, como si eso fuera algo sencillo de conseguir. Son muchos los cineastas que conviven constantemente con esta división de todo o nada, de listón celestial o aprobado justo, de cumplir sueños o expediente. Sin embargo, si en la última década alguien ha tenido que soportar estos juicios con mayor insistencia, esa ha sido Pixar. Algo de culpa tienen, claro. Nos regalaron, en un espacio tan corto de tiempo, obras maestras tan incontestables que, al primer derrape, cruzamos nuestros brazos y nos enfadamos como niños. No, no existe la perfección eterna, la matrícula de honor en todos y cada uno de los exámenes, no siempre se pueden facturar películas del tamaño de 'Up', 'Wall E' o 'Toy Story 3'. Imposible. ¿Supone eso que el resto de trabajos de la compañía sean, volvemos, trabajos menores? No, no y no. En 2015, con la ración doble de Pixar que hemos tenido, tenemos el mejor ejemplo.   Este verano, 'Del Revés', se convertía por méritos propios, por riesgos, aciertos, profundidad y alcance psicológico y emocional, en la mejor película de Pixar, su trabajo más redondo. Unos meses más tarde, llega 'El viaje de Arlo', historia familiar sobre el paso al mundo adulto a través del miedo, el valor y la independencia, una obra mucho más tradicional, alejada de la apabullante complejidad de su predecesora y anclada en un espíritu que conversa de manera directa con discursos más cercanos a Disney. En términos de calidad, la primera le saca varios cuerpos de ventaja a la aventura prehistórica de Arlo. Y regresamos a la cuestión principal, ¿convierte eso a la última película de Pixar en un trabajo menor? En absoluto.    'El viaje de Arlo', dirigida por el debutante en el largometraje Peter Sohn, es una preciosa cinta para todos los públicos que consigue, al más puro estilo de la factoría Lasseter, emocionar con suma facilidad, entretener y divertir. Pese a apostar por una trama y narrativa más tópica y previsible, sus responsables toman un camino tan inesperado como brillante, el western. No resulta nada complicado identificar referentes como Ford o Hawks a lo largo de una película que se sirve de su excelencia técnica, absolutamente asombrosa en el cuidado del detalle y en los largos y anchos paisajes que recorren nuestros protagonistas, para dar forma a una historia de amistad conmovedora. Pixar, otra vez, nos hace llorar, pero lo hace de una manera tan honesta y delicada que, lejos de molestar, las lágrimas se reciben como un regalo. Pequeños destellos de genio, especialmente tras la aparición de los tres T-Rex y en la maravillosa conversación nocturna entre Arlo y el pequeño Spot, que elevan a 'El viaje de Arlo' hasta ese ansiado sobresaliente. No, no está a la altura de las grandes películas de Pixar, pero de menor, nada de nada. Mayor, con todas las letras.  ...
  • Blog de
    23
    Noviembre
    2015
      Las prisas nunca han sido buenas compañeras, pero el cine no deja demasiado tiempo de margen. Mucho menos cuando lo que toca es explotar un filón lo antes posible, sin dar opción alguna al olvido. Muchos nos quedamos con la boca abierta tras el fenómeno social, cinematográfico y, por encima de todo, económico que supuso 'Ocho apellidos vascos', comedia simpática, sin sal ni pimienta pero con las dosis justa de humor y encanto para que toda la familia pudiera rozar la carcajada con naturalidad. Sus responsables, por su parte, han cerrado la boca pronto y se han puesto manos a la obra para facturar una secuela, esta 'Ocho apellidos catalanes', que subraya la mala opción que suponen los acelerones. Un año después, aquí estamos de nuevo para una ración planteada desde la comodidad más absoluta, sin intención alguna de elevar la propuesta en ninguno de sus frentes, y lo que es más triste, con una ausencia total de efectividad. Todo se repite, menos la sonrisa.    La fórmula, por evidente, genera una pereza absoluta. Por más que uno intenta participar en la fiesta de independientes, amoríos, banderas y reencuentros, es imposible. Ningún chiste parece ocupar su lugar correcto, el ritmo es inexistente, su reparto muestra una desgana que parece contagiada por una dirección que, de nuevo, parece más obra de un debutante más que de un cineasta como Emilio Martínez - Lázaro. Se agradece, puestos a rescatar algo, la presencia de cómicos de altura como Berto Romero, Rosa María Sardá y Belén Cuesta, lo mejor del lote junto al inmenso Karra Elejalde, bote salvavidas en medio del desastre. Por su parte, quedan destellos del talento y la frescura que Dani Rovira y Clara Lago desprendían en la primera entrega.   Una predecesora que se convierte en un cálido recuerdo frente al resultado gélido de 'Ocho apellidos catalanes'. Un producto pensado exclusivamente para continuar la senda de éxito obtenida el pasado año, dejando por el camino lo imprescindible, contar una buena historia. O, al menos, contar una mala historia con buenas intenciones. Porque es muy respetable, y común, centrar el objetivo en atraer al mayor número de gente a las salas pero conviene que las costuras no se vean de una manera tan clara. Y menos cuando son tan débiles. La taquilla volverá a responder, ya lo está haciendo, pero las sensaciones son diferentes. Lo que antes era honesto, ahora es forzado. Esta vez, las prisas ganaron a las risas. Con mucha ventaja.           ...
  • Blog de
    01
    Noviembre
    2015
    En la cosecha de grandes momentos y frases claves que ofrece 'Truman', hay una que resume por completo el espíritu, objetivo y triunfo de la película: 'Nada de discursos de despedida'. Tal cual. La nueva película de Cesc Gay, tenía todo para caer, no ya en las lágrimas que recorren cada adiós para siempre, sino en todos y cada uno de los charcos de lágrimas que se encuentran dentro de una propuesta de estas características. Amigos de toda la vida que se reencuentran para despedirse por última vez, enfermedades terminales y conflictos personales/familiares, es decir, todas las posibilidades del mundo para que el efectismo emotivo funcionara a la perfección. Pero no. 'Truman' conmueve, sí, pero de la manera más natural posible, con silencios más que con discursos, con miradas más que con golpes, con paseos más que con carreras por la estación, con amistad más que con dolor.   Gay, responsable de algunos de los mejores diálogos que se han escuchado en nuestro cine duranta los últimos años, firma su película más accesible sin que eso signifique perder ni una pizca de su personalidad. La película desprende la esencia presente en toda la carrera de su director pero lo hace, más que nunca, desde una delicadeza ejemplar, sirviéndose de un punto de vista alejado de la demagogia y el exhibicionismo, demostrando que se puede llegar al corazón del espectador desde muchos otros caminos que no implican el artificio ni el subrayado. Un trabajo sencillo que encuentra en su reparto la mejor de sus virtudes. Dos actores, Javier Cámara y Ricardo Darín, sencillamente perfectos, ofreciendo recitales de control y contención, sabiduría y talento, haciendo de lo pequeño algo gigante.    Ellos son el alma y el corazón de 'Truman', su pieza esencial, su mayor logro. Y es un auténtico placer escuchar sus conversaciones, intentar descifrar sus secretos, acompañarles en un viaje de ida en las que ellos, y nosotros, intentamos no pensar demasiado. Porque es entonces, cuando 'Truman' se enfrenta a los temas más sensibles, cuando la película alcanza un nivel de profundidad que puede con cualquier escudo, que te encuentra con el nudo en la garganta y el corazón apretado en el pecho. Son pequeños momentos, pequeños instantes como el protagonizado por un abrazo que sientes como propio, los que convierten a 'Truman' en la gran película que es. No se observa más ambición que la de contar una historia dura, durísima, de la manera más natural posible. 'Nada de discursos de despedida'. Tan solo aviones que van y vienen.    ...
  • Blog de
    24
    Octubre
    2015
    Una historia contada mil veces necesita mucho para no terminar resultando anodina. Por supuesto que el cine tiene un altísimo número de películas que son incapaces de envejecer, que sobreviven al paso del tiempo sin perder ni una pizca de su esencia, pero estamos hablando de elegidas, de trabajos que pulsan unas teclas concretas hasta alcanzar un resultado que no entiende de calendarios. Su consecuencia directa es convertirse en clásicos, pero otro de los efectos secundarios de sus logros es la influencia directa en compañeras de género, pequeñas hermanas que intentan parecerse a sus mayores con respeto y admiración. Pero sin novedad, sin nada que consiga levantar la pasión necesaria como para plantear una hipotética batalla entre ellas por ver quien consigue la medalla de oro. Ocurre en todos los géneros, cada cual con sus dioses y tesoros, pero puede que en algunos casos esta situación esté más presente que en otros. Y en el cine sobre mafiosos, más. Los referentes están claros, Scorsese y Coppola a la cabeza, pero son muchas más los trabajos que marcan a fuego una historia de amor entre personas capaces de todo por conseguir y mantener el poder y los espectadores que se encuentran defendiendo sus despreciables acciones. Ya hemos mecionado el atractivo del poder, ¿no? Pues eso. 'Black Mass: Estrictamente criminal', título que subraya la obviedad más absoluta, ejemplifica ese modelo de película asentada en sus influencias. Más pendiente de no salirse de la carretera que de buscar nuevos caminos, la película dirigida por Scott Cooper, eficaz artesano con dos estimables películas a sus espaldas, cumple uno por uno todos los tópicos y lugares comunes que podemos esperar de la historia basada en hechos reales sobre 'Withey' Bulger, uno de los gánsters más importantes de Boston en la década de los 70. Todo lo que puedas imaginar sobre esta historia de corrupción, ascenso al poder y descenso a los infiernos, familias afectadas, policía amiga y políticos aprovechados, está presente en un trabajo que prefiere asegurar el aprobado antes que probar suerte con el sobresaliente. Aunque sería trampa hablar de Scorsese como espejo directo, la película bebe más del universo Coppola y Mann, Cooper apuesta sobre seguro y el conjunto solamente encuentra un factor memorable: Johnny Depp.   Más allá de las cuestiones que pueda provocar su (otra vez) exceso de maquillaje, Depp tiene en Bulger una especie de oportunidad para resucitar, en términos interpretativos, nunca económicos, y no la desaprovecha. Su actuación nos trae de vuelta la mejor versión de un actor perdido en su propio universo, sumergido en una espiral de decisiones erróneas que han incrementado sus bolsillos tanto como afectado a su prestigio. Sus gestos y miradas, su contención y mimo en los pequeños detalles, completan un personaje en permamente estado de alerta. Depp, en definitiva, está sublime. Un logro que eleva ligeramente a una buena película que, por decisión propia, se queda en tierra de nadie. Una historia que no aporta nada nuevo, vista una y mil veces, que se sigue con interés pero a la sombra de los gigantes en los que se mira. Ellos arriesgaron. Ellos siguen mandando.      ...
  • Blog de
    24
    Octubre
    2015
      ¿Respirar? Eso es secundario. Esa parece la filosofía implacable que Álex de la Iglesia transmite en una carrera convertida en caos que alcanza con 'Mi gran noche' un punto de inflexión a través de la, supuesta, ligereza. En sus últimos trabajos, la crítica siempre era unánime: todo funciona a las mil maravillas hasta que se pierde el control, los fuegos artificiales explotan silenciando la coherencia y los gritos en el cielo parece que nunca terminarán de producirse. Es marca de la casa y, por si alguien aún tenía dudas, esta nochevieja alocada e irritante, sangrienta y desquiciada, dobla la apuesta y decide convertir sus 100 minutos en un clímax imparable. Desde el número musical que abre el show, el director pone las cartas sobre la mesa, no es tanto ir entrando en ese universo casposo y absurdo, te empujan a él. ¿Te has caído en la entrada? Se siente, te has perdido. Es lo que tiene la brutalidad. Porque todo en 'Mi gran noche' es muy bruto, muy salvaje. Sus intenciones están claras y no hay tiempo que perder. Si nos ponemos profundos, buscando reflexión en medio del festival, podemos entender la película como el reflejo más excesivo de nuestro país, España de cotillón navideño (en octubre) y protestas violentas al otro lado del cristal. Y si nos quedamos en lo básico, lo que nos queda es un entretenimiento irregular en el que los gags terminan fallando por acumulación. Ambas lecturas se pueden combinar, por supuesto, pero cualquier decisión como espectador se podrá tomar antes o después, nunca durante. Lo que comienza como un tiro, divertido, ácido, brillante en sus mejores momentos, termina lastrado por su propia intensidad, asfixiada por su propio ritmo. Aunque ahí están sus intérpretes para salvar los muebles. Un reparto numerosísimo en el que, a pesar de estar todos notables, sobresale la acertadísima autoparodia de Blanca Suárez, la incontestable vis cómica de Carlos Areces y un Jaime Ordóñez rozando el milagro de robar por completo una función tan coral. De hecho, si no termina de ocurrir, es porque sobresale la enorme figura de Raphael. Alma y razón de ser de la película, todos sus momentos son, de lejos, lo mejor de 'Mi gran noche'. Un gigante en medio de una película menor que, con todo, se las apaña para mantenerse a flote a pesar de que su oxígeno vaya disminuyendo progresivamente. Aunque respirar, aquí, se puede pasar por alto.    ...