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Soy David Laguía, redactor del diario Levante-EMV. Aficionado y amante del deporte, me gusta no ver sólo el resultado, sino lo que hay detrás de él. Me puedes seguir en Twitter en @davidlaguia

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Brasil celebrará en verano de 2014 el Mundial de Fútbol. Pero hasta entonces, cientos de selecciones han quedado por el camino en cuatro años plagados de partidos que guardan muchas historias. Ahora, como aperitivo de lo que será la cita mundialista, ya podemos gozar de la Copa Confederaciones en el...


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  • 25
    Junio
    2013

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    Romario ya vengó el “Maracanazo”

    Foto: FIFA

    Brasil y Uruguay se juegan el pase a la final de la Copa Confederaciones, y son muchos los que recuerdan el “Maracanazo” de 1950. Aquel día Uruguay sorprendió a Brasil en su Mundial contra todo pronóstico ante casi 200.000 espectadores. Sin embargo, la “canarinha” ya superó aquel “fantasma”. Romario vengó aquella decepción. Y lo hizo en el mismo escenario: Maracaná. Y por partida doble.

    En 1989 Romario ya se había asomado a Europa como un gran goleador en el PSV Eindhoven holandés. En Brasil ya sabían que tenía un gran potencial, pero todavía no lo había explotado. Con esa tarjeta de presentación llegaba a la Copa América que albergaba su propio país. 

    Brasil llegó de forma brillante a la final, pero allí esperaba Uruguay. El pequeño país sudamericano era el campeón de las últimas dos ediciones de la competición –en 1983 precisamente ante la “verdeamarelha”-. El gigante sudamericano hacía 40 años que no la ganaba. En el ambiente, aunque no fuera reciente, se respiraba el “Maracanazo” de 1950.

    La estrella brasileña de la competición no había sido Romario. Bebeto había asumido ese papel. Pero en las finales los grandes astros relucen. Romario, con sus escasos 168 centímetros de altura, se anticipó al guardameta Zeoli, y remataba de cabeza al fondo de la red un centro de Mazinho. Brasil se proclamó campeona de América con ese gol. Comenzaba a cicatrizar la herida.

    En el verano de 1993 Romario ya era una de las piezas más codiciadas del mercado. Sobrado para la liga holandesa con el PSV, el Barcelona apostó fuerte por él y lo fichó. A los pocos meses de llegar a la ciudad condal, todavía en septiembre, la selección brasileña lo convocó para el partido crucial de clasificación al Mundial de 1994 ante Uruguay. Romario se perdería la ida de una eliminatoria de la Copa de Europa ante el Dinamo de Kiev que su equipo perdió 3-1 –en la vuelta, con él en el campo, remontarían-.

    Maracaná volvía a ser el escenario de otro decisivo Brasil-Uruguay. Bolivia había sorprendido en el grupo y ya estaba clasificada. La “canarinha” y la celeste se jugaban la otra plaza. Brasil era el único país del mundo que había participado en todos los Mundiales y esta vez podía quedarse fuera. El “Maracanazo” volvía a pasar por la cabeza de los brasileños. Pero allí estaba otra vez Romario.

    Esta vez, los focos ya estaban puestos sobre él. No se amilanó. Romario estuvo excelso. Dejó de ser “o baixinho” para elevarse y anotar el 1-0. Otra vez de cabeza. Otra vez ante Uruguay. Otra vez ante las casi 200.000 almas de Maracaná. Pero no se conformó. En el tramo final, se plantó delante del portero charrúa, lo tumbó tras desbordarlo por velocidad y sentenció el partido. Brasil se clasificaba para el Mundial de Estados Unidos. Diez meses después, la “canarinha” conseguía su cuarto entorchado mundial en Los Ángeles. La herida de 1950 terminaba de cicatrizar. La deuda del “Maracanazo” quedaba saldada.

     

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