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A pie de tiza
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  • 10
    Abril
    2012

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    Si no pienso, no existo

     Es estupendo ser profesor, es una verdadera aventura y una carrera de obstáculos. No es profesión apta para quienes busquen la quietud, la rutina y el gozo, ni tampoco para quienes aspiren a vivir de rentas, es decir a que su experiencia les vaya facilitando las cosas. No, señor. Aviso a navegantes.

    Después de varios lustros seguidos explicando Descartes a docenas de grupos de alumnado, por fin este año nueve de cada diez alumnos no han entendido las ideas básicas del pensamiento cartesiano. Y no estamos hablando de Aristóteles o Kant, o Hegel, es decir, de pensadores “difíciles”, y con textos “muy difíciles” incluso. Al contrario, este autor que tiene la deferencia para con el lector de usar la primera persona (para los que no han llegado al periodo de las operaciones formales, para los presos en la memoria episódica) y de ir exponiendo, incluso con ejemplos, uno por uno los pasos de su razonamiento, ya no logra que un joven en edad de comerse el mundo entienda el cogito. Ganas me dan de explicarlo aquí mismo, y pedir el juicio sin piedad de los lectores, por si es que mi propia sobrevenida obtusez les obstaculiza la comprensión, ay.

    En fin, tampoco es que me asombre, pues una vez analizada la cuestión una comprende que los tiempos han cambiado y que todo cambia. Los jóvenes bachilleres de hoy no son como los de antes, qué va. Se enamoran y desenamoran dolorosamente; tienen amigos y amigas que los necesitan imperiosamente por razones poderosas como que sus padres no les dejan ir a la fiesta, o que sus padres se están divorciando, o que han visto a quien creían que estaba enamorado de él o ella con otro u otra; sus hormonas los tienen a menudo en un estado de postración y angustia inexplicable; tienen sueño, mucho sueño; les parece que si están en casa, por ejemplo estudiando, se están perdiendo algo fundamental que los va a dejar definitivamente excluidos del grupo. En fin, estos y otros muchos son los nuevos, revolucionariamente nuevos, problemas que impiden al alumnado actual hacer los ejercicios que deben, prestar atención en clase o seguir las directrices de trabajo que les dan sus profesores como hacían los de antaño. Es que hay que entenderlo, hombre, hay que entenderlo.

    Por eso decía al principio que no hay profesión más excitante que esta de profesor, porque constantemente una ha de enfrentarse a nuevos retos. De poco sirve la experiencia (tampoco qua profesional: cada vez que te trasladas, vuelves a ser novato), y ahora, además, al parecer nuestros gobernantes han pensado que también podremos atender perfectamente a más alumnos por clase, al tiempo que más alumnos en conjunto (o sea, que salvo algunas materias privilegiadas, que se quedarán rozándolos, tendremos más de 200 alumnos cada profesor de secundaria y bachillerato). ¿Se puede esperar mayor confianza en nosotros?

    Ah, se me olvidaba una cosa: de leer (entendiendo) y escribir (que se entienda) no están muy duchos, pero con el ordenador, la “plei” o similar y el móvil hacen maravillas, y nada les gusta más que las teclas (reales o virtuales) y las pantallas. Por eso, nuestras autoridades no solo no van a seguir aumentando los recursos digitales, sino que los van a reducir. ¡Más difícil todavía! Pero nos dicen “ustedes son capaces, ¡ya lo creo!, ustedes son capaces de motivar hasta a un elefante para que adelgace, se reduzca y pase por el ojo de una aguja, ¡¡claro que sí!!. Y para motivarles a ustedes, les quitamos todas las mejoras laborales que habíamos pactado en los últimos lustros y les bajamos el sueldo, ¡hala!. ¡No se quejarán, miren cuánto confiamos en ustedes, porque el futuro es la sociedad del conocimiento, y ese tren no lo podemos perder, así que ya saben lo importante que es su contribución! ¡¡Hale, hale, a por ello, que hay que bajar las cotas de fracaso escolar!!”

     

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