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A pie de tiza
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  • 02
    Noviembre
    2010

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    Coco=Messenger

     

    La calidad de la comunicación humana no está sólo condicionada por el medio. (Imagen tomada de http://vanessamvenegasvera.wordpress.com/2009/05/).

    La profesión mía da pocas satisfacciones, lo crean o no. Sí, es posible que los profesores vocacionales tengamos algo de masoquistas, aunque yo prefiero mirarlo como ilusión a prueba de experiencia. El caso es que hace unos días una ex-alumna (eso no existe; esto es como la presidencia del gobierno o una embajada, se es ya para siempre) me hizo el regalo de escribirme un correo pidiéndome alguna reflexión sobre un artículo (un fragmento, y lamentablemente sin filiación) que les habían dado en clase. Me parece que puede tener algún interés plantear aquí este tema, de modo que ahí van mi reflexiones a vuelapluma (entrecomillo el texto original motivo del comentario):

    "Por cada hora que la gente pasa en Internet, disminuye en 24 minutos el contacto personal con amigos, colegas y familia. La buena noticia es que la relación no es paritaria: no todo el tiempo dedicado a Internet es a costa de la relación personal. La mala noticia es que el consumo de Internet no para de crecer, especialmente entre los más jóvenes."

    Todas las generaciones, desde la antigüedad, pero sobre todo desde comienzos del siglo XX, han aparecido a los ojos de sus mayores como corrompidas por las novedades de su tiempo. Curiosamente, eso no cura a los jóvenes que escandalizaron o preocuparon a sus padres de sentirse escandalizados o preocupados en exceso a su vez cuando son ellos los padres. Tiendo a observar el fenómeno de Internet con más curiosidad que preocupación, francamente.

    “Si asumimos que cada adolescente pasa como mínimo una hora y media diaria de su tiempo navegando por la Red, podemos deducir que está perdiendo media hora diaria de interrelación cara a cara con los demás.”

    Ese "perdiendo" es revelador. Podemos preguntarnos también qué es lo que gana...

    “El dato es preocupante porque Internet, como medio de comunicación, presenta importantes interrogantes.”

    Lo desconocido siempre, siempre, siempre ha asustado al hombre. Todos los mitos y religiones recogen este miedo y tratan de calmarlo. Aquí, se interpreta "interrogante" como igual a "amenaza".

    “Y la consecuente pérdida de contacto personal supone una seria amenaza para la capacidad de los jóvenes de relacionarse con los demás.”

    Voilà, esta es la expresión del temor. Pero no se plantea la necesidad o conveniencia de buscar las causas posibles de esa supuesta o aparente huida de la relación personal directa. Se da por hecho que es obligatorio, necesario y bueno relacionarse con los demás. Probablemente lo es, al menos para la mayoría de personas y desde luego para la sociedad; pero a cada generación se le ocurre una forma distinta de hacerlo y sus mayores no suelen comprenderlo. El teléfono acabó con todo un género de escritura (decir “literatura” sería excesivo) que consistía en escribir notas de invitación o agradecimiento, o peticiones, o recados. El papel timbrado ya nadie sabe lo que es, ningún particular que yo conozca lo usa. Y por teléfono también nos faltan elementos importantes para interpretar el mensaje, no vemos la expresión facial ni corporal del emisor del mensaje, y es muy fácil mentir. ¿Hay una diferencia cualitativa con Internet? Seguramente, claro, pero ¿es suficiente para echarse a temblar?

    “MESSENGUER: EL ESCONDITE PERFECTO.

    "Dos compañeros de clase salen del colegio. Han pasado ocho horas juntos, y han tenido, aparentemente, todo el tiempo del mundo para compartir sus vivencias e inquietudes. Sin embargo, cuando llegan a casa y se conectan al Messenger es cuando empiezan a hablar de todo lo que no se han contado hasta entonces. Los adolescentes de hoy día son capaces de expresar por estas vías sus más profundos sentimientos. Se desnudan emocionalmente a través del teclado del ordenador. Sin embargo, cara a cara pueden prácticamente no dirigirse la palabra. Parece como si necesitaran la protección de la pantalla.”

    Pues eso, preguntémosnos el porqué de esa necesidad de proteger los sentimientos o la intimidad, y acompañada esa ingenuidad (típica adolescente) de desprotegerse en un medio que por lo que vamos sabiendo puede ser aún más hostil que el cara a cara. Si estamos en que es en general bueno expresar o dar salida a nuestros sentimientos, las personas tímidas pueden tener ahora un medio que les facilite la comunicación, por ejemplo, que las saque de un hermetismo posiblemente insano y cruel.

    “Este fenómeno afecta profundamente a las relaciones entre ellos. En primer lugar, el Messenger les proporciona el escondite perfecto para expresarse sin exponerse. Pueden decir lo que quieran sin temor a la reacción del otro. Están en el entorno seguro de su pantalla, sin que nadie les (sic) vea y sin tener que dar más explicaciones que las que quiera (sic) dar.”

    Aquí es donde probablemente estén fallando los padres. Hoy no se puede vivir ignorando la tecnología. Quien lo hace lo paga caro. Y en el caso de los padres, lo pagan sus hij@s. Corresponde a la responsabilidad paterna educar digitalmente también, en la medida de sus posibilidades: si no sabe, que aprenda; si no puede aprender, que delegue o que busque a quien lo haga, pero que no deje al niñ@ o al adolescente solo ante el ordenador, exactamente igual que jamás lo abandonaría en medio de una tormenta. Porque la pantalla ofrece una falsa sensación de seguridad y de anonimato, de donde se deriva una falsa sensación de impunidad y también de inocuidad, no pasa nada. Desgraciadamente, ya hay crónica de suficientes suicidios, por ejemplo, para saber que Internet y lo que ahí se dice sí afecta, y mucho, a las personas. Y afortunadamente, también los centros escolares están empezando a tomar medidas, y son cada vez más obligadas las charlas sobre redes sociales en las que se advierte al alumnado de peligros que desconocen y se les dan pautas para ser más prudentes. Funcionan. En mi centro se empezó el curso pasado, con una presentación excelente preparada por Mª José Frutos Frutos, profesora de servicios a la comunidad, que generosamente además la dejó allí para que la use quien quiera.

    “En segundo lugar, los jóvenes pueden estar construyendo relaciones que estén muy lejos de la realidad, porque la información que comparten vía Messenger viene desprovista de las pistas necesarias para su correcta comprensión. Es imposible interpretar adecuadamente una emoción sin oír o ver a la persona que la expresa.”

    Decir “ imposible” parece bastante exagerado, porque entonces las personas sordas o ciegas estarían privadas de la posibilidad de “interpretar adecuadamente una emoción”, y no es así . Más bien me parece que puede ser más difícil, precisamente como también es más difícil comunicarla sin el apoyo de la entonación o la expresión facial o corporal. Yo matizaría bastante la frase "la información que comparten vía messenger viene desprovista de las pistas necesarias para su correcta comprensión". Por ejemplo, esos dos adolescentes de los que se hablaba antes que comparten su día y luego se comunican vía messenger tienen para comprenderse todas las claves, las mismas que si hablaran cara a cara, o casi. ¿Por qué prefieren comentar sus cosas a través de la pantalla? Es muy usual en los adolescentes crear “lenguajes privados”, signos o expresiones que sólo los iniciados conocen y saben interpretar (es algo que explotan muy bien las bandas latinas, como sabemos), y también distanciarse de sus progenitores, hacer las cosas a su manera. Los padres de antaño no podían comprender, y les costaba aceptar (¿recuerdan casas con candado en el teléfono?) que sobre todo sus hijas se pasaran horas literalmente pegadas al teléfono hablando con las amigas de las que se habían despedido un cuarto de hora antes y a las que iban a ver en un rato. Y la capacidad de comunicarse sin contacto directo con otra persona puede tener ventajas como establecer vínculos emocionales fuertes con personas que están lejos. Otra cosa serán las reglas (o los valores, como prefieren decir otros) que deban regir o presidir tales comunicaciones. Al fin y al cabo, deberían ser las mismas que las de la comunicación humana en general (el mejor resumen son las máximas de Grice).

    En fin, prefiero no apuntarme al alarmismo y sí a la prudencia. Querer mantener el pasado contra la tecnología, además de ser una batalla perdida, es tonto y puede que hasta perjudicial. Así pues, no seamos memos, ni los adultos ni los adolescentes. No nos dejemos engatusar ni por lo nuevo ni por lo viejo. Pensemos, analicemos, deliberemos y decidamos hacer el uso que mejor nos parezca de los recursos que la vida nos ofrece, del modo más honesto y enriquecedor posible.  Me parece preferible arriesgarse a equivocarse que aferrarse a un error (“lo nuevo perjudica”) por miedo a errar.

     

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