José Miguel de Miguel es el prototipo de fotógrafo aficionado de posguerra: buen conocedor de la técnica y finísimo positivador. Con esa trayectoria se podría esperar de él una obra plagada de tópicos o una obsesión por hacer fotos preciosistas ganadoras de concursos. Y aunque es innegable que se volcó en ese ámbito y obtuvo los mejores reconocimientos de la época, tuvo una virtud personal y creativa que imprime un carácter extraordinario a toda su obra: un innato sentido del humor: un humor ingenuo y vitalista que recorre toda su obra.